Una reflexión sobre Open Source

En su email semanal, David Bonilla nos habla de La fuente envenenada y plantea un interesante debate sobre el software Open Source.

No voy a entrar en detalles muy técnicos porque no es el lugar, pero, básicamente, un programador ha utilizado su acceso a un componente Open Source muy popular, para desde ahí alcanzar una posición de confianza y lograr el acceso a una cuenta concreta. A partir de ese punto se ha colado en otra fuente, ésta de bitcoins. El problema ha tardado varios meses en descubrirse y la mayor parte del daño será irreparable.

Bonilla plantea la responsabilidad de los programadores, que se han puesto a vociferar buscando una cabeza de turco, como si no tuvieran nada que ver: utilizamos librerías Open Source y no verificamos la seguridad del código que ponen a nuestra disposición.

Ningún programador individual tiene ni la capacidad, ni mucho menos el tiempo, para revisar todo lo que utiliza.

Ni que decir tiene que eso sería imposible. Ningún programador individual tiene ni la capacidad, ni mucho menos el tiempo, para revisar todo lo que utiliza. Así que por ese lado poco se puede hacer. Pero me preocupa la grieta que se abre en la confianza del modelo.

No es fácil cuantificar la magnitud del movimiento Open Source, saber cuanto código hay rodando. Si tenemos en cuenta que ahí se incluyen cositas como las mil variantes de Linux, Apache y millones de "tonterías más", se puede imaginar fácilmente que es grande, la mayor obra colectiva de la humanidad, con muchísima diferencia. Es el trabajo de décadas, de decenas de miles de programadores. Y probablemente me deje un cero fuera. Pero si es complicado medir el volumen, aún más lo sería hacerlo con el impacto que tiene el OS en nuestra vida. 

Permíteme hacer un resumen simple: sin Open Source mañana se acabaría Internet y la mayor parte de las tecnologías que utilizamos en el día a día, incluidos los móviles. Algunos lenguajes de programación no existirían, ni ciertas bases de datos, ni determinados sistemas operativos, ni mil demonios, servicios y servidores que gestionan desde routers a cualquier infraestructura de las redes o los más variados dispositivos de hardware. Todo lo más básico no existiría, pero es que además casi nada de lo más moderno, lo que se ha producido en los dos o tres últimos lustros. Se salvaría algo de Microsoft, de Apple, Google u Oracle. De lo demás poca cosa. Podemos imaginar el impacto en casi cualquier actividad.

Una brecha en la confianza trastocaría todo el ecosistema del software y las comunicaciones a nivel mundial. No es poca cosa. Y cualquiera podría tener la tentación de lograrlo con el fin de desestabilizar economía y sociedades. Es tan, tan tentador, que sin duda ocurrirá.

Musk, el activista digital que quiere cambiar el mundo

Cuando escuchamos activismo digital es posible que pensemos en anarkos desatados, en hackers reventando la seguridad de las grandes multinacionales, pero es mucho más y cubre todo el espectro social, tanto ideológica como culturalmente hablando. 

Y tal vez lo veamos de esa forma porque son la demostración más llamativa, la más extrema, la que aparece en la primera plana de periódicos y noticiarios. Pero empezando por esos mismos medios, hasta el último colectivo del lugar más alejado del mundo, cada uno tiene una agenda. Y muchos la llevan a cabo concienzudamente. 

Ignorar esto sería absurdo, pero realmente no es relevante. Lo que creo te puede interesar es de qué va, qué es posible lograr. Solo piensa que algunos de los activismos más exitosos del mundo digital empezaron hace unas cuantas décadas, y la mayor parte de la gente no sabe nada de ellos. Simplemente disfrutamos de lo que promovieron. Por ejemplo, entre sus logros estaría la Internet que conoces hoy o la tecnología que te permite estar leyendo esto en un smartphone.

Activismo digital y Open Source

En mi caso todo empieza a mediados de los 90, con Linux, Internet y el movimiento Open Source. Con el OS  el código se pone libremente a disposición de quien quiera usarlo. Esto que puede parecer una fricada más, gente que hace cosas de forma altruista, gratis en la mayor parte de los casos, es lo que se encuentra en el origen del mayor cambio social de la historia: el acceso masivo, y casi libre, a cantidades ingentes de información. 

Primero, porque gracias a ese movimiento y al software que crearon, es posible la Internet que conocemos. Facebook o Twitter, sin ir más lejos, no existirían probablemente, o no serían lo que son y como son. Pero segundo y más importante, porque ese afán de compartir es algo que forma parte del mundo digital desde sus orígenes. IBM ya liberó parte de su código en los 50, Stallman creó el proyecto GNU en el 83 y la Free Software Foundation en el 85. Una cosa lleva a la otra, casi inevitablemente. Existía un interés general entre los que estábamos construyendo el mundo digital que iba a llegar. Así a finales de los 90 el Open Source ya tiene nombre y apellidos.

Elon Musk, o hacia dónde va el activismo digital

Por tanto lo interesante no es a qué se dediquen la mayor parte de activistas del mundo, lo relevante es qué puede hacer la gente que realmente quiere cambiar el estado de cosas. ¿Hace falta ser un hippy, un friki o un extremista de uno u otro lado, para buscar la solución a alguno de los problemas del mundo? Creo que no. ¿Es necesario ser un idealista soñador? Pues no pasa nada, tanto si lo eres como si no. Ambos pueden jugar esta partida.

Como podría hacerlo Elon Musk. Según algunas informaciones, muy cuestionables, que circulan hace tiempo, Musk estaría por dejar todas sus actividades en Tesla, Space X, energía solar o las baterías, para lanzar un nuevo proyecto con la finalidad de redistribuir la riqueza mundial. Casi nada. Se trataría que el 1% de los más ricos, en lugar de controlar el 80 o 90% de esta riqueza, "solo" gestionaran un 20%. El 60-70% restante se redistribuiría entre el resto. Independientemente de si es cierto o si se pudiera cumplir en los términos que se propone, que los menos ricos pudiesen llegar a ver multipicada su fortuna dos o tres veces, el simple hecho de plantearlo es lo que me parece revolucionario. Porque imposible no es.

¿Cómo quiere conseguirlo Musk? Compitiendo con las grandes fortunas en la bolsa. La manera concreta de hacerlo me parece poco relevante, lo que me interesa son las posibilidades. ¿Qué pasaría si unos cuantos ricos, Musk y algunos más, apostaran por que ocurra y decidieran torcerle el pulso al sistema? ¿Sería posible? Unas cuantas decenas de miles de millones y la tecnología apropiada podrían provocar la magia necesaria. A partir de ahí solo habría que alimentar esa maquinaria con más fondos. Y podrían proceder de todos los estratos sociales. Ojito con las magnitudes, si cada uno de 7.000 millones de personas pusieran 100 dólares en la cesta, estamos hablando de una cifra casi inimaginable, se situaría entre los 20 o 30 fondos más importantes del mundo, nada más salir. Imaginemos que esa cifra crece solo un 50% anual, que cada uno añade 50 dólares más, y sumemos los rendimientos. En menos de 10 años sería el número uno. Un gran fondo de inversión global o un sistema colaborativo. Posible es. Que ese 1% se quede mirando, ya es otro asunto.

¿Nos hacemos activistas?

Puede sonar a desvario, pero es tan solo un ejemplo de que se pueden acometer tareas de una magnitud imposibles de imaginar hace tan solo 20 o 30 años. ¿Quieres cambiar la educación en el mundo? Se puede. ¿Quieres que tu pueblo o tu país funcione de otra manera? ¿A qué estás esperando? Pues claro que es posible. Como lo es tener los pies firmementes asentados en el suelo, y por eso mismo, porque se sabe lo que está en juego y lo que se puede hacer, lograr objetivos que algunos tacharían de elucubraciones disparatas. Como que un día el 90% de los dispositivos digitales del mundo utilizarían un sistema operativo que no es de Microsoft, ¿te suena Android? Solo hay que ponerse manos a la obra, unos pocos con las ideas claras pueden lograr cualquier cosa. Ánimo.

Imagen: Steve Jurvetson